La sombra de Teo

Había una vez en una casa pequeña con jardín, un niño llamado Teo que le tenía muchísimo miedo a la oscuridad. Dormía con la lámpara del techo, la del escritorio y hasta una linterna bajo la almohada. Su cuarto brillaba tanto que parecía de día a todas horas. Su madre decía que algún día tendría que apagar aunque fuera una.
Una noche Teo se despertó con sed y se sentó en la cama de un salto. Algo faltaba, algo importante, pero no sabía qué. Miró al suelo, junto a sus pies, y se le heló la sangre: su sombra no estaba. Ni un poquito de sombra, ni la más pequeña, había desaparecido por completo.
Sobre la almohada encontró una nota escrita con letra temblorosa. Decía así: Me voy. Con tanta luz no puedo descansar. Tu Sombra. Teo se quedó boquiabierto, porque nunca había pensado que su sombra pudiera cansarse de nada.
Bajó de la cama despacito y cogió la linterna más pequeña que tenía, la de las pilas casi gastadas. Se dio cuenta de algo asombroso: las sombras no tenían miedo de la oscuridad, sino de la luz. Con tanta luz encendida, su sombra casi había desaparecido, y por eso se había marchado a descansar. Teo respiró hondo y susurró su nuevo estribillo: —Un pasito, y otro más, la luz pequeña me hace valiente de verdad.
Salió al pasillo con la linterna temblando en su mano. Allí, pegado a la pared, vio un monstruo enorme con orejas puntiagudas y garras afiladas. Teo estuvo a punto de salir corriendo, pero repitió su estribillo tres veces seguidas. Cuando movió la linterna, descubrió que el monstruo era solo la sombra de su gato Mino, sentado tranquilamente en la ventana.
Siguió avanzando hasta la puerta del jardín, donde el aire olía a hierba mojada. De pronto unas manos gigantes con dedos larguísimos se estiraron hacia él desde la oscuridad. Teo se quedó helado, pero recordó su estribillo y lo dijo bien alto esta vez. Las manos gigantes resultaron ser las ramas del viejo manzano, que se movían despacio con el viento.
Con el corazón todavía saltando, Teo subió la escalera que llevaba al desván. Un ser oscuro se balanceaba en un rincón y crujía como si fuera a levantarse. —Un pasito, y otro más, la luz pequeña me hace valiente de verdad —dijo Teo, esta vez casi sin miedo. Al acercar la linterna vio que era la mecedora de la abuela, que se mecía sola con la corriente de aire.
Y allí, justo detrás de la mecedora, encontró a su sombra, hecha un ovillo y algo tristona. —Perdona por tenerte siempre con tanta luz —le dijo Teo, aunque su sombra no podía hablar, sí que pareció escucharlo. Apagó la linterna del todo un segundo, y su sombra se estiró enorme y contenta contra la pared.
Teo volvió a su habitación caminando muy despacio, sin correr ni una sola vez. Apagó la lámpara del techo y la del escritorio, y dejó solo una luz pequeñita en la mesilla. Su sombra se quedó pegada a él, tranquila, ocupando su lugar de siempre. Desde entonces, Teo aprendió que un poquito de oscuridad no era tan terrible, sobre todo si uno se inventa un estribillo valiente para el camino.
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