La niebla del patio
Había una vez un colegio con un patio grande lleno de árboles altos. Allí, Mateo decidía quién jugaba y quién no. No era el más fuerte, pero todos le hacían caso. Si Mateo decía que sí, jugabas. Si decía que no, te quedabas mirando.
Un lunes llegó Kenia, una niña nueva a la clase. Mateo la miró de arriba abajo, muy serio. —Tú no juegas con nosotros —dijo, y todos repitieron la frase como un eco. Alguien preguntó por qué, y Mateo contestó lo único que pensó: —Porque no es de aquí, se le nota.
Al día siguiente, justo cuando sonó la campana del recreo, cayó una niebla muy espesa sobre el patio. Era tan espesa que nadie veía ni su propia mano. Nadie supo de dónde salió. Simplemente, aquella mañana, estaba allí.
Las profesoras gritaron que todos se quedaran quietos. Pero Mateo, que nunca hacía caso a nadie, dio dos pasos hacia la niebla. Y luego tres. Y de pronto ya no sabía dónde estaba la puerta, ni dónde estaban sus amigos.
Caminó con las manos hacia adelante y tropezó con una piedra. Una voz muy cerca se rió de él y salió corriendo. —¿Quién eres? —preguntó Mateo, pero la voz no contestó nada.
Siguió avanzando despacio y chocó con alguien. —Ayúdame, no veo nada —pidió Mateo. La segunda voz dijo solo: —Yo tampoco te veo, apáñatelas solo— y se fue entre la niebla.
Mateo, ahora sí, sintió mucho miedo en la tripa. Se sentó en el suelo frío y lloró muy bajito, tapándose la boca con las manos para que nadie lo oyera. Pero alguien lo oyó igual.
Una tercera voz se sentó a su lado. —¿Te has hecho daño? —le preguntó, y le compartió su merienda a la mitad. Le contó que ella también se había perdido una vez, en un sitio mucho más grande, y que el miedo se le pasó. Luego le dio la mano y, escuchando el agua de la fuente, lo llevó despacio hacia la puerta.
Antes de soltarle la mano, Mateo le preguntó su nombre. En ese mismo momento la niebla se quitó de golpe, como cuando abres una cortina. La voz que se había reído era su mejor amigo. La voz que lo dejó solo era el niño al que Mateo siempre elegía primero para jugar. Y la mano que lo había ayudado a volver era la de Kenia.
Mateo se quedó mirándola, sin decir nada, con la cara muy roja.
Al día siguiente, en el patio, Mateo se acercó a Kenia delante de todos. Le temblaba la voz y le costaba hablar. —Kenia… ¿juegas conmigo hoy? —dijo por fin, muy bajito.
Kenia lo miró un rato largo, pensativa, porque tenía todo el derecho a decir que no. Después sonrió un poquito. —Vale —dijo—, hoy sí, juego contigo. Y Mateo aprendió que decir «lo siento» de verdad es mucho más difícil que mandar.
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