Esperanza y las semillas de invierno

Había una vez un tranquilo pueblo rodeado de campos verdes. Sin embargo, ese año los campos estaban tristes y marrones. Se había perdido toda la cosecha de trigo. Solo quedaba una cesta pequeña con las últimas semillas del pueblo. Todos estaban muy preocupados.
La madre de Esperanza puso la cesta en sus manos con mucho cuidado. —Tienes que llevar estas semillas al molinero del bosque —dijo—. Él sabe cómo hacerlas crecer aunque llegue el invierno. Nadie más puede ir, porque tú conoces el camino mejor que nadie.
—Solo te pido una cosa —añadió la madre, muy seria—. No abras la cesta bajo ningún motivo, pase lo que pase en el camino. Esperanza asintió con la cabeza. Cogió la cesta y se puso en marcha hacia el bosque.
El bosque era grande y estaba lleno de ruidos extraños. Crac, crac, sonaban las ramas al pisarlas. De pronto apareció un zorro de cola muy larga. —Esa cesta huele de maravilla —dijo el zorro, oliendo el aire—. Déjame ver qué llevas dentro, seguro que es algo rico.
—No puedo abrirla —contestó Esperanza, apretando la cesta contra el pecho—. Se lo prometí a mi madre y una promesa es una promesa. El zorro insistió un poco más, pero al final se marchó gruñendo entre los arbustos.
Un poco más adelante, el camino se llenaba de charcos enormes. Esperanza resbaló y la cesta salió volando por los aires. —¡Oh, no! —gritó Esperanza, corriendo detrás de ella. Por suerte la cesta cayó sobre un montón de hojas blandas, sin  romperse, aunque abriéndose.
Justo entonces apareció una ardilla nerviosa, saltando de rama en rama. —Dicen que llevas semillas mágicas —dijo la ardilla—. Solo necesito una, te lo prometo, nadie se dará cuenta. Esperanza negó con la cabeza muy despacio.
—Estas semillas son de todo el pueblo, no solo mías —explicó Esperanza—. Si te doy una a ti, luego vendrá otro animal y otro más. Al final no quedaría ninguna para plantar. La ardilla se quedó pensando y terminó asintiendo.
Por fin, entre los árboles, apareció la casa del molinero, con su gran rueda de madera. Esperanza llegó agotada, con las botas llenas de barro. —¡Lo he conseguido! —dijo, levantando la cesta con las dos manos—. Aquí están las semillas, sanas y salvas.
El molinero abrió la cesta con mucho cuidado y sonrió al ver el trigo dorado. —Has hecho un trabajo estupendo —le dijo a Esperanza—. Guardar una promesa, aunque sea difícil, es lo que ha salvado a tu pueblo este invierno.
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