Había una vez en un lago tranquilo, vivía una tortuga pequeña. Se llamaba Tola y era muy curiosa. Cada día miraba el horizonte. Se preguntaba que habría mas allá.
Un día, Tola dijo adiós al lago. Caminó, caminó, paso, paso. Sus patitas hacían plif, plaf, plif, plaf. Quería descubrir el gran camino.
Pronto encontró a un caracol muy despacito. —Hola, soy Tola. Voy a descubrir el mundo. —Yo también voy despacito —dijo el caracol. Los dos siguieron juntos, plif, plaf, plif, plaf.
Más adelante vieron un prado lleno de flores. Allí conocieron a una abeja zumbona. —Bzzzzz, qué tortuga tan curiosa —dijo la abeja. —Ven con nosotros a mirar el mundo —dijo Tola.
Los tres cruzaron un puentecito de madera. Toc, toc, toc, sonaban sus pasos. Debajo del puente vivía una rana saltarina. —Croac, croac, os acompaño yo también —dijo la rana.
Llegaron a una colina muy alta. Desde arriba vieron el lago de Tola. Vieron también montañas, bosques y otro lago azul. —Qué mundo tan grande y bonito —dijo Tola.
Ya era de noche y salieron las estrellas. Tola, el caracol, la abeja y la rana se abrazaron. —Ha sido un día lleno de sorpresas —dijo Tola contenta. Juntos volvieron despacito hacia el lago, plif, plaf, plif, plaf.
Tola se metió en su lago calentito. Pensó en todo lo que había descubierto. Descubrir cosas nuevas es una alegría muy grande. Y con esa idea tan bonita, Tola se quedó dormida.