Había una vez una casa pequeña junto a un jardín. Allí vivían Lucas y Ana con su abuela. Los dos hermanos volvían de jugar muy hambrientos. Corrían y corrían pensando en las galletas.
Toc, toc, toc, sonaban sus pasos en la cocina. Lucas abrió el tarro con mucha ilusión. Ana miró dentro con los ojos brillantes. Pero el tarro solo tenía una galleta.
—Es mía, yo la vi primero —dijo Lucas. —No, la quiero yo —dijo Ana. Lucas tiró de un lado. Ana tiró del otro lado.
Crac, crac, sonaba la galleta. Se doblaba, se rompía un poquito. Los dos tiraban más y más fuerte. La galleta estaba a punto de deshacerse.
Ana se paró de repente. Miró la galleta rota casi entera. —Si seguimos tirando, se romperá toda —dijo Ana—. Y no comeremos ninguno.
Lucas se quedó pensando un momento. Soltó poco a poco su lado. —Tienes razón, Ana —dijo Lucas—. Vamos a partirla en dos.
Ana partió la galleta con cuidado. Le dio un trozo grande a Lucas. Se quedó con el otro trozo. Los dos sonrieron con la boca llena.
Sentados juntos en el jardín, Lucas y Ana comieron despacio. Descubrieron que sabía más rica compartida. Las cosas buenas saben mejor cuando no se pelea por ellas.